De dónde venimos y hacia dónde vamos

Bienvenidos!!! El ciberespacio es muy parecido a nuestro país, la República Argentina: un lugar donde todo parece posible pero la gran mayoría de las cosas son mentiras, donde nos encontramos de muchas maneras pero a la vez nos separamos de lo verdadero. Entonces, ¿por qué no usarlo para pensarnos como individuos y ayudarnos a la única búsqueda que nos es común como humanidad: la búsqueda de la felicidad?. Ojalá estemos de acuerdo, pero más deseo aún que discutamos, porque será la manera de definir entre todos un camino mejor al que venimos llevando.

sábado, 23 de enero de 2010

Neo, el de Matrix, es Argentino!!!

Y me refiero puntualmente a una escena, creo que la más difundida, de Matrix I, en la cual el protagonista esquiva las balas con una habilidad sorprendente, ¿se acuerdan?.



Bien, ése puede ser un buen símbolo de otra característica que nos define a los argentinos: La Flexibilidad ante las crisis. Como hemos atravesado tantas, los criollos nos hemos ido volviendo adaptables, en la medida que no nos dejemos ganar por el desánimo.

Es interesante analizar cómo un argentino, ante la precariedad permanente en la que vivimos, saca a relucir su creatividad y sale adelante, a pesar que las circunstancias conspiren en su contra.



Va un ejemplo cercano: mi actual mujer trabajaba en el 2001 para una importante empresa de cosmética internacional, a pesar de lo cual no se salvó, como tantísimos compatriotas, que su sueldo quedara atrapado por el corralito justo para Navidad. Ante la carencia, ella y su madre recordaron una receta de pollo relleno que habían leído, investigaron en Internet cómo se deshuesaba y pusieron manos a la obra: en un día tenían preparados varios, prolijamente presentados en bolsas para horno y vendidos en el barrio con una excelente ganancia, con lo que les alcanzó hasta para los regalos navideños.



Esa capacidad de adaptación nos califica para enfrentar los problemas que solemos atravesar ciclícamente, más allá que nos guste o no que esto sea así.

Acá es válida una aclaración: enfrentamos las crisis en la medida que nos resulta imprescindible pero, en vez de aceptarla como una parte integrante de vivir en nuestro país, nos resentimos y empezamos a mirar hacia afuera, hacia los países o las personas que (nos parece que) no atraviesan crisis como nosotros.



Y creo que es un error de concepto: no es que los otros países (que creemos privilegiados) no atraviesen crisis, ES QUE EN NUESTRO PAIS LOS CICLOS SON MUCHO MAS CORTOS.



Analicemos esto con un poco más de detenimiento: Europa ha atravesado dos guerras mundiales en un lapso de treinta años, Estados Unidos un par de recesiones gravísimas con setenta años de diferencia; nosotros tenemos crisis (menos graves, convengamos...) cada período de gobierno constitucional, como mucho cada dos. Revisemos juntos la historia desde el retorno de la democracia: Alfonsín arranca con enormes expectativas hasta las Pascuas y la hiperinflación y los saqueos, asume Menen de apuro, vivimos nuestra primavera del "déme dos" hasta la caída económica y moral estrepitosa en el segundo mandato, pasamos a De la Rúa, renuncia del vice, coimas en el Senado, Cavallo, corralito, "que se vayan todos", los cinco Presidentes, Kirchner y un período de bonanza hasta Cristina, el yuyo maldito, paro del campo y los actuales despelotes de reservas y demás yerbas....



No quiero entrar en detalles que nos llevarían páginas, pero estamos hablando del año 83 a la fecha; 27 años donde nos dio la impresión al menos cuatro veces que el país desaparecía como la Atlántida; sacando un mal promedio, una "crisis terminal" cada siete años!!!



No se me escapa que muchísima gente quedó por el camino, vio totalmente deteriorada su calidad de vida, perdió "vidas y hacienda", como en los tiempos de los malones pero habemos millones que hemos seguido adelante, con mayores o menores penurias pero seguimos adelante.



¿Es cómodo vivir en nuestro país?. Sin duda que no. ¿Es imposible vivir en la Argentina?. Estoy seguro que no.



Esto me recuerda un párrafo de una novela de mi venerado Roberto Fontanarrosa, Best Seller, donde cuenta las bellezas de las playas de la isla de Camorta y sus cerros poblados de naranjales; cada verano, cuando llegaban los vientos alisios, las naranjas caían por millones hacia las costas, arrasando las aldeas de pescadores que se encontraban en la orilla; lo que nadie se explicaba era por qué los pescadores volvían a construir sus chozas en las mismas playas....



Viéndonos en perspectiva, muchos de nosotros (la gran mayoría) somos como los pescadores de Camorta pero corremos con la ventaja de saber que, más allá de la ventura personal que estemos viviendo, los vientos se están levantando y se nos vienen los naranjazos!!!



Si no descuidamos esta perspectiva, si la vivimos como parte integrante de nuestra genética, podemos tomar recaudos, lo menos que podemos hacer si vivimos en zonas inundables es aprender a nadar...

viernes, 22 de enero de 2010

Un cacho de cultura: La Argentina Antiplatónica

Hoy nos vamos a meter con un tema filosófico pero explicado rapidito, para que se entienda el concepto y, de paso, parezca que yo sé más de lo que digo...
Platón, el filósofo griego, postulaba que las cosas que conocemos del mundo no son más que una representación, digamos una copia, de las formas puras que moran en el mundo de las ideas.
Para explicarlo más en criollo, digamos que vivimos en un mundo "fotocopiado", donde las cosas parecen buenas pero no llegan a alcanzar la perfección, el error ya viene incluido dado su carácter de copia.

Por ejemplo: el amor que sentimos por nuestra pareja o nuestros congéneres no es otra cosa que la copia de El Amor, sentir que se radica en el mundo de las formas puras y del que nuestro amor es un pálido reflejo.

¿Y a qué viene todo esto, preguntarán ustedes?. Bueno, ahí va la explicación de tanto derroche de cultura clásica: Los argentinos descreemos profundamente de la existencia de ese mundo de formas puras; en la intimidad pensamos que la posibilidad de acceder a un estado superior nos está vedada como nación y hasta como individuos.

Básicamente desconfiamos de todo aquello que se plantea como "puro": cuando alguien nos habla de Honestidad, del Bien, de la Democracia, de la Verdad, todos prendemos el desconfiómetro y empezamos a buscar la trampa.
Da la impresión que en nuestro país lo único que pertenece a ese mundo de las formas puras es El Verso o El Chamuyo (no es casualidad que nos hayamos especializado en ellos).

Estamos sobrados de pruebas, obviamente, basta recordar algunas frases: "Con la Democracia, se come, se educa y se cura", "Seré el primero en llevar adelante la lucha contra la Corrupción", "Revolución Productiva"....Bah, para qué seguir, no?

Todas las semanas tenemos más ejemplos: recuerdo ahora la búsqueda de la familia Pomar, el "rastrillaje Exhaustivo", la "Búsqueda por cielo y tierra", "no descartamos ninguna hipótesis"; para que después (24 días después), todo termine en el hallazgo del auto accidentado a 20 metros de la curva más peligrosa de la ruta más lógica para seguir...

En los párrafos anteriores, puse algunas palabras en mayúscula para que se aprecie la diferencia entre una forma pura y una degradada; cuando las pronuncian nuestros funcionarios lo hacen invocando ese mundo platónico, como si estuvieran habitando allí (al menos durante su horario de trabajo...).

En los países "normales", cuando una palabra se pronuncia con mayúsculas suele tener ese valor: imaginen un norteamericano hablando del Congreso o el Presidente y luego pongan esas mismas palabras en boca de un argentino y podrán apreciar la diferencia...

Ahora bien, ¿dónde entra ser un país antiplatónico como ventaja que nos ayude en la búsqueda de la felicidad nacional?. Ahí va la explicación, no sean ansiosos!!!

La cosa pasa por este lado: los argentinos nos hemos pasado años de nuestra vida (personal y social) esperando, anhelando diría, que esos absolutos fueran reales pero, en el fondo de nuestra mente, sabemos que "todo es igual, nada es mejor".

Y si yo acepto que algo no es perfecto puedo dar el primer paso para mejorarlo; si entiendo que el mundo de las formas puras no se manifiesta en mi lugar aprendo a hacer lo mejor que pueda con las fotocopias que me han tocado.

Esto no se ha dado hasta el momento porque, a mi entender, los argentinos queremos creer casi desesperadamente por pereza, por no salir de nuestra zona de confort y de victimización.
Si yo me creo que un Fulano o una circunstancia favorable, o un cambio del "otro" o una oferta salvadora o un milagro argentino o el próximo candidato presidencial me van a salvar y me van a hacer definitivamente feliz, ¿ para qué preocuparme por hacer algo yo, no?.

Pero si yo utilizo esa desconfianza básica, esa sensación de inestabilidad permanente para tomar medidas de prevención, para solidificarme y consolidarme en lo que me hace diferente, si desarrollo mi disciplina sin confiar en que del mundo de las formas puras se derramen maná y bienestar; en síntesis, si no dejo mi felicidad en manos de ninguna circunstancia (en la que en el fondo no creo) estoy dando un paso en la dirección correcta.

Si en el fondo (y ni siquiera muy en el fondo, apenas uno mira se ve, no es que tengas que ser Jacques Cousteau...) no creemos en las salvaciones mágicas, no creemos en la estabilidad y las buenas intenciones de nuestros dirigentes (y ojo: me refiero a todos aquellos que dirigen nuestra vida, no sólo a quienes nos gobiernan), ¿por qué no nos dejamos de esperar "mil horas, como un perro" y ponemos manos a la obra para mejorar lo que sabemos que está mal en nuestras vidas?

Queridísimo argentino, es hora de salir de nuestra cómoda/incómoda posición de víctima y empezar a desarrollar un hacer consciente, desarrollar con disciplina una actividad que nos acerque al concepto de felicidad que todos llevamos dentro.

Pero ya hablaré más profundamente de esto, cuando empecemos a diseñar nuestro camino hacia la felicidad.
Por lo pronto, me despido de ustedes con una frase llena de sabiduría incluida en una canción de Joan Manuel Serrat: "NUNCA ES TRISTE LA VERDAD, LO QUE NO TIENE ES REMEDIO"

miércoles, 20 de enero de 2010

Pichones de Clark Kent: La autoconfianza nacional

Se dice que en los aeropuertos internacionales se puede reconocer a un argentino a la distancia: aunque no se esté quejando (cosa excepcional, por otro lado...), tiene una actitud fácilmente reconocible, una forma de pararse, de hablar, de caminar que distingue a kilómetros a un criollo, al menos para nosotros, que tendemos a ver mejor en otra persona nuestro propio reflejo.

Y siempre hemos juzgado esa actitud como prepotencia, "agrande", egomanía (recuerden el famoso chiste: ¿Cómo se suicida un argentino?. Se tira desde arriba de su ego...) y demás defectos de la personalidad.

Creo que los argentinos tenemos la creencia que el Universo nos debe algo, que hay una promesa incumplida permanentemente, que estamos "llamados para las grandes cosas", "condenados al éxito"; tal vez esto nos haya quedado como remanente de los años de la "promesa argentina", ya que hace más de cien años estábamos considerados como una de las potencias emergentes mundiales, granero del mundo, el país con los cuatro climas, la pampa húmeda y otros mitos sobre los cuales fuimos construyendo un remedo de identidad.

Claro, con el tiempo y nuestros sucesivos gobiernos fuimos desmoronando esa ilusión...

Pero en el inconsciente colectivo debe haber quedado impreso de alguna manera esa sensación de poder; es como si fuéramos todos Clark Kent, el alter ego de Superman: somos poderosos, invulnerables pero para adentro, usamos anteojos pero no los necesitamos, nos disfrazamos de país bananero pero íntimamente sabemos que entramos a una cabina telefónica y salimos transformados en algo magnífico...¿Cómo no sonreirnos sobradoramente o mirar de costado al resto de los mortales?

Ahora bien, ¿dónde está la fortaleza en esto, si suena tanto como un defecto?: La cosa es así: si aprendemos a modular esa característica se puede transformar en autoconfianza: una sensación de certeza en nosotros mismos, la íntima convicción que, sin importar lo que suceda, sabremos "pilotear" la situación favorablemente.

Sin que esa certeza llegue a hacernos irresponsables (cosa que sucede muy a menudo), la autoconfianza es una cualidad que colabora en mucho a acercarnos a la felicidad.

Hay un texto de Marianne Williamson que Nelson Mandela citó en un discurso y creo que es atinente a este tema; quiero compartirlo con ustedes pero con una salvedad: me voy a permitir reemplazar la frase "Hijo de Dios" por "Argentino", para que se aprecie mejor el planteo que quiero hacerles (además, siempre hemos dicho que Dios es Argentino, no???). Espero que no se tome por una falta de respeto ni como intención de desvirtuar un maravilloso texto, sólo se trata de darle más énfasis al ejemplo.

"Nuestro mayor temor no es que seamos inadecuados. Nuestro mayor temor es que somos poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos asusta.

Nos preguntamos: "¿quién soy yo para ser brillante, hermoso, talentoso, fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres Argentino. Hacerte de menos no es brindar un servicio al mundo. No hay nada inteligente en hacerte valer menos para que otra gente no se sienta insegura al lado tuyo. Todos estamos hechos para brillar, como lo hacen los niños. Nacimos para manifestar la Gloria de Dios que está en nuestro interior.

No está sólo en algunos de nosotros; está en todos. Y cuando dejamos brillar nuestra propia luz, inconscientemente damos a otra gente permiso para hacer lo mismo. Conforme nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia libera automáticamente a otros".

Ya sé que leído así puede resultar irrisorio pero las palabras son muy adecuadas para levantarnos la moral y, de paso, pueden aportar salida a otro miedo nacional muy propio: creo que los argentinos vivimos con un temor irracional a una especie de Apocalipsis berreta que late siempre en nuestro horizonte.

Los Apocalipsis cinematográficos siempre viene acompañados de grandes efectos especiales, enormes derrumbes, explosiones grandilocuentes y casi siempre Bruce Willis caminando en cámara lenta...

Los argentinos tenemos un miedo al Apocalipsis silencioso, baratito, bien de Tercer Mundo: un ministro que toma una medida, un cambio de ley, una inflación inesperada, un corralito bancario; todas son imágenes que permanecen presentes en el inconsciente colectivo como modestas plagas bíblicas personales y sociales que nos llenan de inseguridad.

Si adequirimos autoconfianza, modulando nuestro natural agrande, podemos caminar en cámara lenta nosotros también hacia el ocaso con una sonrisa en los labios, pensando: "ESTO TAMPOCO ME VA A VOLTEAR".

Somos argentinos, mis amigos, supervivientes natos: en la isla de Lost, un argentino hubiera puesto un bar en la playa....

sábado, 16 de enero de 2010

El Gen Campanelli: Lo primero es la familia!!!

Perdón por la ausencia de estos días, una persistente otitis me mantuvo alejado del teclado pero es lindo, a esta edad, todavía tener enfermedades de chico...

La ausencia me sirvió para reflexionar sobre el próximo ítem que quiero compartir con ustedes, referido a las fortalezas que se encuentran en nuestro carácter nativo.

Y esto es la idea de pertenenencia a una familia:

Tal vez por nuestras raíces itálicas y españolas , quizás porque si no tenemos algún tipo de resguardo permanente el viento nos hubiera llevado hace rato; el caso es que para los argentinos la familia es un valor importante.



Allá por los dorados años 60 daban los mediodías de domingo un programa que tal vez los memoriosos recuerden: "Los Campanelli"; la historia no era más que replicar la ceremonia de la pasta de los domingos en una familia tana, con la suma de hermanos, cuñadas y cuñados, nietos y demás integrantes, con el pater familiae en la cabecera de la mesa y una frase que definía las infaltables discusiones a la hora de comer: "Se callan la boca o angarro la mesa y vola todo por el aire!!!!", con lo cual las diferencias quedaban silenciadas y se restablecía la armonía alrededor de los ravioles caseros de la mamma...



Igual, en el transcurso del programa se veía el apoyo de la familia, el auxilios de todos en pos del necesitado, los consejos ante los conflictos personales que cada uno llevaba a la mesa familiar.



Este estilo de programa se repitió, con distintos protagonistas, a lo largo de todas las épocas pero nos siguió mostrando a los argentinos un modelo que está inserto en nuestros genes celestes y blancos.



La manera en que nos relacionamos con nuestra familia y el apoyo que la misma nos representa (más allá de situaciones particulares, obviamente) puede resultar un puntal desde el cual proyectar nuestra idea de felicidad.



A diferencia de otros países, donde los hijos abandonan el nido apenas llegados a la adolescencia, en nuestro país esta etapa de la vida se prolonga y nos brinda una plataforma sobre la cual podemos proyectar con cierta placidez nuestro futuro.



Ojo, cabe una aclaración importante: si una plataforma de lanzamiento se transforma en un estacionamento permanente, estamos en problemas...La idea de la familia como soporte no debe convertirse, bajo ningún concepto, en una constante, sino que puede darnos una cierta seguridad, un empuje que nos proyecte a nuevos y mejores lugares.

Tal como se define muchas veces, para los argentinos suele ser cierto eso que "la familia es la célula básica de la sociedad"; si bien para algunos puede ser una célula terrorista, para la gran mayoría está aceptado culturalmente que nuestra familia es un lugar de reposo, un oasis en medio del desierto que nos toca atravesar como sociedad.

Es bueno que sepamos, en esta carrera hacia la felicidad que emprendemos a partir de ahora, saber dónde están los boxes, quiénes son los mecánicos que nos auxiliarán, dónde están nuestras postas.

Además, la familia nos da un sentido de pertenencia que no solemos tener en otros ámbitos; en la familia nos podemos sentir parte de un todo mayor que nos define e identifica con un grupo, nos podemos poner más allá de nosotros mismos y salir de nuestro habitual encapsulamiento, lo que como argentinos nos hace bastante falta.

Habrá que ver cómo podemos ir avanzando hacia extender los límites de nuestra familia de sangre para que abarque más cantidad de gente, pero eso ya es otra historia...

jueves, 14 de enero de 2010

Amigos son los amigos!!!

Otra fortaleza de los argentinos es nuestro profundo sentido de la amistad.

Ya lo preveo, ante esta afirmación tan rotunda comenzarán a aparecer las voces de aquellos defraudados por alguien a quien pensaban amigo y que les pidió una garantía o al que le prestaron plata y no apareció más, las típicas defraudaciones que todos hemos sufrido en alguna ocasión.

Y eso no invalida mi postura sino todo lo contrario: en esos casos, cada uno de los que hemos pasado por ese abuso de confianza éramos la perfecta representación de la amistad tal como la entendemos por estos pagos...

He escuchado gran cantidad de quejas y lamentos de gente que vive o vivió en Europa o Estados Unidos y que no logró cimentar vínculos en otras tierras, que las amistades verdaderas siguen siendo las que dejaron acá o las que recuperaron a su vuelta; recuerdo ahora en particular la de una amiga que vivió veinte años en Italia, dueña de un restaurant y con gran actividad tanto comercial como social.

Al tomar la decisión de volver a Argentina, vende su casa y su negocio pero con un desfasaje de tiempo, por lo que debió entregar su casa un mes antes de su fecha de retorno. Bien, en esa coyuntura tuvo que permanecer dos semanas "escondida" en su negocio, con familia, perros y gatos incluidos, ya que ningún "amigo" italiano se prestó a hacerle un lugar en su casa, hasta que una conocida catamarqueña les dio asilo hasta que volvieron al país.

En los países "normales" la gente está abocada a su trabajo y su propia familia de manera casi excluyente, no es muy común la familia extendida que implica la amistad en la Argentina.

Me dirán que esto es el secreto del éxito de los demás países, cuyos ciudadanos no pierden el tiempo en interminables sobremesas, en asados (con toda la ceremonia que implica su preparación), en charlas telefónicas o de café (de las que hemos hecho casi un género literario); que los japoneses se dedican a trabajar de sol a sol y por eso les va como les va, que los yanquis están con sus carreras, sus universidades a full y que son serios para hacer las cosas y todos los argumentos que quieran, pero yo no cambio todo el Primer Mundo por el calor que me da en el alma al ser invitado a un asado con gente que quiero, por un café en el Bar El Cairo con algunos de mis compañeros de la secundaria, por una conversación con mi amigo Marcelo desde Santa Fe donde nos contamos las últimas películas que vimos (con lujo de detalle...) y después compartimos penas y alegrías de la vida.

Los argentinos, usando una frase muy común pero no por eso menos cierta, hacemos de la amistad un culto: le dedicamos tiempo, una organización (la famosa "peña de los jueves" o el partido de fútbol de los sábados...), la damos y la esperamos de la misma manera y establecemos códigos que se respetan a muerte, al amigo que los transgrede le toca el ostracismo y la soledad.

En nuestra búsqueda de la felicidad, los argentinos podemos apoyarnos sólidamente en el círculo áulico, en ese pequeño Olimpo de café o quincho que llenan a nuestros amigos; siempre de un amigo vendrá una mano, una palabra, un consuelo; en resumen, alguien que nos recuerde quiénes somos y todo lo que valemos.

Y eso no es poco decir...

miércoles, 13 de enero de 2010

El Pato Fénix, nuestro pájaro nacional

Otra virtud que tiene la residencia en nuestras costas tiene que ver con la posibilidad de caerse y levantarse tantas veces como la voluntad lo permita.

Creo que los argentinos somos una cruza de Pato Criollo con Ave Fénix: nos podemos mandar una deposición por paso pero también podemos resurgir de nuestras cenizas como el ave mitológica.

Como país, nos hemos levantado de crisis que aparecían como terminales, que hubieran transformado en un desierto a cualquier país con menos recursos; además venimos pasando por los desatinos de muchos gobiernos y vamos saliendo adelante, más o menos heridos pero seguimos con nuestras vidas.

Como personas, conozco infinidad de ejemplos de connacionales que se han caído y levantado varias veces, aprendiendo de cada derrota transitoria y que han vuelto a tener oportunidades de resurgir. Es claro, hablo que se puede generar la oportunidad, no que el país la haga más fácil; pero me pregunto si, en sociedades más exitistas que la nuestra, se le vuelve a dar una chance al "perdedor"...

No cabe duda que no es la situación ideal, sería preferible que no tuviéramos que pasar por tantos sufrimientos pero este escenario nos viene dando cierta resistencia o, hablando más apropiadamente, resiliencia.

Tal como los atletas que entrenan ciertas partes de su cuerpo según la disciplina en la que quieren destacarse, los argentinos hemos desarrollado en estos años los músculos de la supervivencia.

En otros países (los llamados "normales"), la pérdida del crédito personal equivale a la muerte civil, acá es una circunstancia desgraciada pero no definitiva.

Esto, claro está, siempre y cuando pongamos en movimiento la voluntad de seguir adelante.

Saber que existe la posibilidad de revancha nos da la chance de arriesgarnos, de saber que no todo es una cuestión de vida o muerte, que algo nos puede salir mal porque luego lo podremos hacer mejor, que las caídas son definitivas sólo en la medida que decidamos que sea así.


Acá les adjunto una escena de Rocky VI, un personaje que, si bien no brilla por sus dotes intelectuales, ofrece una simple filosofía de la vida que los argentinos deberíamos tener muy en cuenta en nuestra búsqueda de la felicidad.

Tener en cuenta este dato nos puede dar una sensación de liviandad y de esperanza que nos viene muy bien en medio de tantas tormentas...

martes, 12 de enero de 2010

Vamos por las buenas: La Familia Robinson Versión Criolla

¿Se acuerdan de esa serie?. Creo que estaba producida por Disney en los años 60 y era sobre una familia que naufragaba en una isla desierta; nosotros los veíamos ya instalados con gran comodidad, en cabañas en los árboles, sistemas de agua, pasarelas en los árboles y creo que hubieran tenido Wi Fi y Playstation hecho de coco si hubieran existido en esa época...

Los televidentes no sabíamos cómo habían llegado a estar tan cómodos en condiciones tan críticas, obviamente eran ingeniosos y podían hacer con pocos elementos cosas asombrosas.

Algo así nos sucede a los argentinos: como nos hemos tenido que arreglar "con lo que hay" aprendemos a hacer a pesar de los faltantes.

Mal utilizada, esta facultad nos lleva al "masomenismo" que mencioné en una nota anterior pero bien usada nos permite salir adelante y desarrollar herramientas y recursos que son válidos tanto para la supervivencia como para el progreso.

En los países "normales" existen herramientas para todo, exagerando un poco podríamos decir que hay destornilladores y atornilladores; acá nos tenemos que arreglar con un tramontina despuntado y una cucharita de café. Lo milagroso es que obtenemos resultados parecidos con muchos menos elementos.

Yo he tenido la fortuna de ser testigo de muchos de estos pequeños "milagros argentinos"; fui socio de un técnico de alimentos, puesto a trabajar como encargado de mantenimiento de una Obra Social que había comprado un importante sistema informático, único en el país en esos tiempos, al que tenían que venir a instalar ingenieros capacitados en Estados Unidos, dada su aparente complejidad.

Como esta visita se demoraba, él pidió permiso para estudiar los manuales e intentar la instalación, armado sólo con sus conocimientos de inglés, mucha paciencia y varios termos de agua caliente para el mate...

Conclusión: a los 10 días el sistema estaba instalado y funcionando perfectamente; hoy este muchacho es titular de una importante empresa de informática del interior del país.

Recuerdo que hace años llegaron al país los primeros encendedores descartables pero como parece que no toleramos el tirar algo que aún puede servir, en poco tiempo en los kioscos aparecían cartelitos que ofrecían instalar una válvula de recarga para no descartar lo descartable.

Tenemos un caudal de ingenio desarrollado por la necesidad, al igual que los náufragos de Disney, que nos permite resolver problemas, salvar obstáculos, inventar caminos alternativos, desarrollar habilidades en caso de necesidad, sacar a relucir recursos nunca usados.

El coaching ontológico define cuatro áreas del conocimiento humano: Lo que sé que sé, lo que sé que no sé, lo que no sé que sé y lo que no sé que no sé; puede sonar a trabalenguas pero se los explico: lo que sé que sé es el conocimiento del que soy consciente y utilizo habitualmente ( digamos la profesión que hemos estudiado); lo que sé que no sé es la zona en la cual me puedo llegar a capacitar (digamos, tengo que radicarme en un país y estudio su idioma); lo que no sé que sé es el área del conocimiento "de emergencia" (me peleo en la calle y descubro que sé defenderme) y lo que no sé que no sé es la zona más oscura: el conocimiento que necesito pero desconozco mi necesidad (por ejemplo: creo que realizo bien una tarea hasta que me encuentro con alguien que la sabe hacer bien de verdad).

Los argentinos nos vemos en la obligación, por las características mismas de nuestro mapa emocional, de sacar a relucir permanentemente herramientas de la zona del "no sé que sé".

Y eso puede transformarse en una fortaleza que nos auxilie en nuestra búsqueda de la felicidad.

Vemos siempre como una enorme injusticia (y sin duda lo es...) a los profesionales dedicándose a otras actividades porque en su área no pueden desarrollarse pero, visto desde otro ángulo, esto es un recurso nacido de la necesidad y que, si no nos resiente, nos da la chance de evaluarnos desde otra óptica: Somos capaces de reinventarnos en momentos de necesidad.

Se los desarrollo con otro ejemplo: conozco una persona que ocupaba un cargo medio en un importante banco que cerró en la masacre financiera de los noventa, con lo que se quedó sin trabajo y sin chances de conseguirlo en el corto plazo. En vez de lamentarse, este argentino se puso un carro de pororó (pop corn, en fino), de allí pasó a tener un puesto de choripán, luego estudió enfermería, alcanzó una licenciatura en esa carrera y se ubicó en una importante institución; al cabo de algunos años de esfuerzo y de descubrir muchas cosas de sí mismo disfruta de un standard de vida tal vez mejor que el que tenía en su puesto anterior, nunca dejó de sostener a su extensa familia, compró su vivienda...En fin, personas dignas de admiración como ésta hay a montones en nuestro país, sólo hay que saber descubrirlas, mirando más allá de las apariencias.

Seguro que ustedes conocen muchas también; ojalá éste pueda ser un lugar donde ir descubriendo estas historias que también nos definen como sociedad y como individuos.

Los dejo por hoy, seguiremos mañana descubriendo nuestras virtudes y fortalezas.